Era un vodka, o unas de esas rarísimas mixturas con sabor a todo. La tarde había sido rápida, como una secuencia de debilitantes caminares hacia lo profundo, de lo peor, resucitó malestares de su juventud, de su padre, de su abuelo, y amistades. No le gustaba. El vaso flotó sin que nadie le tomara, y su interior se volteó en segundos, mientras su nuca topaba su espalda y sus ojos se centraban en la fina luz de esos altos techos porteños.
Pensó en lo que no quería pensar, y meditó sobre el pasado. Lo repitió una vez, luego otra, pasó una hora, dos, y seguía repitiendo escenarios fantasiosos donde nunca ganaba, solo perdía, de distintas maneras. Pensó “si tomo otro vaso muero”; esta vez apoyó el mentón en su pecho y durmió en pesadillas de soledad y de triunfos a medias.
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